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Crónicas de una vigilia
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miércoles 11 de marzo de 2020
En cuatro microrrelatos, la comunicadora María Eugenia Sarli cuenta desde adentro algunos momentos vividos en la vigilia que se organizó espontáneamente el domingo 8 de marzo en la puerta de los Tribunales de Paraná, para exigir justicia por Fátima Florencia Acevedo.
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María Eugenia Sarli

Tras hallarse el cuerpo de Fátima el 8 de marzo, Día de la Mujer Trabajadora, el colectivo feminista de la capital entrerriana se concentró frente a la puerta de los Tribunales para exigir explicaciones. Luego montó una vigilia que se extendió hasta la mañana del lunes 9.

En estos cuatro textos breves, la comunicadora y militante feminista María Eugenia Sarli describe algunas instantáneas vividas durante esas horas, signadas por el dolor y la bronca ante un nuevo feminicidio y la insólita falta de explicaciones de las autoridades del Estado, que siguen sin dar la cara.

 

1. Niñes

Suban, les digo. Uno de los gurises pregunta dónde vamos. En el camino les explico, respondo. Y mientras manejo les voy contando que Fátima, una chica que vivía con un varón y tenía un hijo de 3 años, estaba desaparecida hace una semana y apareció muerta, asesinada. Que ahora mucha gente estaba frente al tribunal de justicia pidiendo que hagan su trabajo, impartir justicia. Y ahí vamos, afirmo. Ahora hay un niño pequeño sin madre, con un padre violento, porque ella lo había denunciado y nadie hizo nada. Es como si su papá le pegara a su mamá, intento ilustrarlos.

Ellos escuchan, y preguntan. Hacen muchas preguntas. Pretendo responder sin bronca, sin llorar, sin apretar los puños. Llegamos, y vamos viendo las personas, las cuerpas que se mueven hacia un lado y otro. Nos vamos enterando que rompieron los vidrios de una puerta; unos vecinos de la chica, me dice un muchacho. El gurí más grande me dice que lo vió en la tele mientras estaba en la casa de la abuela.

Leemos los carteles pegados en la puerta y les muestro la foto de Fátima que está allí, conversamos con compañeras con las que nos seguimos encontrando, pasamos por una asamblea donde se discuten pasos a seguir. Y ellos siguen preguntando un rato más, qué es esto, qué es aquello, por qué tal cosa, por qué tal otra. 

Me doy cuenta que todo lo que las mujeres estamos haciendo a puro amor y fuerza es algo inmenso de lo que nosotras mismas no tenemos la total dimensión. Y pienso, siento, que fue un impulso, pero también un acierto, que dos niños vean, que escuchen, que vivan lo que se siente perder a una de nosotras y de lo que somos capaces de hacer cuando eso pasa. Entonces, tal vez, albergo la esperanza, no nos vean como un trozo de carne.

 

2. Piquete

No es muy tarde, ni muy temprano. Todavía hay algo de tránsito vehicular y pasan los colectivos de línea urbana. Estamos en la esquina que antecede a otres compañeres que resguardan una puerta sobre el lateral de Tribunales. Cada tanto pasa alguien que nos deja una botella de agua, una bolsa con bombones o nos lleva noticias de lo decidido en asamblea. 

Matamos el tiempo conversando y por ahí nos distraemos de una moto que pasa rápidamente y no la vimos venir. No llega muy lejos, unos metros más allá una cadena de compañeras le pone freno. Algunos se ponen violentos, otros directamente dan la vuelta y se van por donde vinieron.

También vienen algunes ciclistas que piden permiso para pasar. "Caminando", les digo y les corro la tranquera improvisada de botellas de agua si acuerdan. Algunes motociclistas vienen a traer provisiones o a sumarse a la causa, basta verles las caras para saberlo, pero se les pregunta igual donde van. Unos polis pasan en moto, van a relevar la guardia a mitad de cuadra dicen, y efectivamente, otros cuatro se van en un rato. Una vecina sale de su casa y va a buscar su auto que dejó en la otra cuadra, nos pregunta si al volver puede guardar el auto. Acordamos que sí y nos promete unos mates para compartir.

Un chico pasa y pregunta qué está pasando. Le cuento. Su cara se va transformando, "qué horror", dice mientras se tapa la boca y pregunta: "¿Pero entonces ya saben que el marido la mató?". "Eso está por probarse. Todo hace suponer que sí, pero no estamos acá por eso, sino para que el Estado actúe antes de que nos maten", le respondo. El chico todavía no puede creer, pero vive todo como si mirara la novela. "Y usted la conocía", me interroga. Veo su cara de sorpresa cuando le digo que no, y después de un breve silencio agrego: "Pero pude ser yo o cualquiera de esas gurisas" y señalo hacia donde están mis compañeras.

Veo que los que pasan en auto giran el cuello para leer un cartel que está caído de lado. Entonces levanto el cartel para que pueda leerse más fácil. Los veo pasar despacio para alcanzar a leer y los interpelo mirándolos. Algunes me hacen la V, otres me dedican un dedo pulgar hacia arriba, alguien se anima a decir "muy bien", a tocar bocina o a asentir positivamente con la cabeza. También pasan los que se acuerdan de nuestras madres y los que nos miran con desprecio o se enojan por tener que dar la vuelta.

Una señora para el auto, lee el cartel, me mira, me pregunta si en la otra esquina también está cortado. Me pongo la camisa de inspectora de tránsito y le digo que le conviene ir hasta Corrientes y después volver. La señora me pregunta si estamos ahí por la chica. Sí, contesto. Ella pregunta si pensamos seguir toda la noche. Probablemente sí, le comunico, explicándole luego que ahora hay una asamblea discutiendo eso. "Qué lástima que no me puedo quedar", me sorprende ella. Venga mañana, la invito. Dijo que sí, que venía mañana y "que Dios los bendiga", me agrega.

Me doy vuelta y le cuento a mis compañeres de barricada mientras ella se aleja en el auto. "Quise decirle que Dios está en otra, como dijo Capusoto", les comento con una sonrisa. "Pero vi la sinceridad en sus ojos, y solo dije gracias", concluí.

 

3. Locas

Estamos en la rueda, sentadas en la calle, intentando escribir un comunicado de forma colectiva y con el canto de nuestras compañeras de fondo. Una escribe, otras van recordando lo acordado en la reciente asamblea, otras dan ideas para dar forma a lo dicho, otras recuerdan que no podemos poner lo que no se acordó, que en todo caso se proponga en la próxima asamblea. Una vez que el texto toma cuerpo se regatea el peso de cada palabra, se escudriña lo escrito, se lee, se relee, se discute, se reescribe.

En ese fragor, una chica se suma a la rueda, opina con un gesto grave en su rostro, insiste, reitera que es necesario dar cuenta de que el sistema incluye salud, donde les trabajadores asisten a víctimas con casi nula empatía de les profesionales médicos y poco presupuesto.

La conversación fluye, hasta que lentamente todas las orejas se van posando en el relato de ella, porque su voz comienza a resquebrajarse y sus ojos se vuelven rojos. Alguien intenta seguir el hilo, pero ella vuelve a hablar con el agua detrás de sus anteojos. 

Trabaja en el hospital Materno Infantil y allí atendió a Fátima hace tres años cuando nació su hijo. Se enteró de su situación de víctima de violencia porque preguntó dónde estaba el padre del niño. E informó para que se intervenga, hizo su trabajo pero no fue escuchada por nadie.

"Y cuando insistimos somos tomadas por locas", dice ya con un llanto que le brota. Dejo todo y digo: "Ella necesita una abrazo". Y mientras mis brazos la rodean otras cuerpas la abrazan también. Y lloramos con ella. No fue tu culpa, le afirmo, mientras ella pide perdón por explotar. Otra voz suave le susurra que está bien que se desahogue, y la acariciamos, la contenemos. Lo más lindo es que sos loca como las madres, le aseguro y le saco una sonrisa. La chica de la voz suave le sonríe y dice "mirá si te viera Norita. A ella no le importó que le dijeran loca". "Todas pasamos por ahí", agrego.

Escucho una voz detrás que me recuerda el comunicado y amablemente me dice: "¿Compa nos pasás el texto para cerrarlo?". Le paso, agendando antes el número de la gurisa, porque allí no todas nos conocemos de antes, algunas nos conocimos ahí. Me seco las lágrimas y me alejo, lento, con las fuerzas que me quedan, para no caerme al lado de la que ya está en el suelo.

 

4. Provocación

Son pasadas las tres de la madrugada. Una compañera lee en la calle un comunicado recién salido del calor de la bronca transformada en ideas en la asamblea de las dos. Les presentes escuchamos para decidir si aprobamos, agregamos o disentimos.

Un patrullero para en la esquina con sus luces azules encendidas. Dos policías bajan del auto lentamente y comienzan a caminar hacia donde estamos. Uno lleva las manos en los bolsillos, el otro fuma un cigarrillo. La compañera sigue leyendo, porque no los ve, ellos están a sus espaldas. Nosotres nos ponemos tensas y alertas como perro que acaba de olfatear un gato. Los polis siguen caminando, provocando con sus sonrisitas socarronas, como pendejos que te sobran por haberte quitado el bolo, creyéndose impunes e intocables. Detrás de ellos ya caminan más de diez compañeras encargadas de la seguridad.

Los vemos pasar, los miramos fijo, cortando el aire. Se paran en la reja del estacionamiento como si alguien estuviera por salir. Una gurisa se les pone enfrente, bien al ladito, respirándoles encima. Otres tantas le imitamos. Los tipos sonríen de nuevo, el que fumaba tira el cigarrillo al piso y lo aplasta, se acomoda la camisa y los dos empiezan a caminar de nuevo hacia el patrullero, para irse por donde vinieron. Algune tiene la picardía de preguntar si es un desfile de modelos y otres comienzan el puteo. La reacción de les cumpas es inmediata con un contundente "NO" y las manos en señal de parar.

Los canas se van. Al rato vuelve une compañere de las de seguridad a recordarnos que no caigamos en la provocación, que nosotres no somos les violentes, que nuestro reclamo es pacífico, que no tenemos a nadie de rehén. Y todes siguen en sus puestos, más alertas, más convencidas, más nosotras.

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Comentarios:
belen
11/03/2020 17:48
EXCELENTE relato! lo viví con vos....abrazo a todxs!
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Crónicas de una vigilia
En cuatro microrrelatos, la comunicadora María Eugenia Sarli cuenta desde adentro algunos momentos vividos en la vigilia que se organizó espontáneamente el domingo 8 de marzo en la puerta de los Tribunales de Paraná, para exigir justicia por Fátima Florencia Acevedo.

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