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Memoria de cátedra, en formato de carta abierta
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domingo 29 de diciembre de 2019
“Si escribo esto es porque alguna vez éstas cosas tienen que decirse públicamente, y porque, con todo respeto, no tengo ningún interés en ser considerado un apóstol encargado de tarea redentora alguna”, dice Ariel Vittor, al hacer un repaso del año al frente de una cátedra universitaria.
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Por Ariel Vittor*

Como las memorias de cátedra que presentamos los profesores universitarios suelen perderse en algún laberinto burocrático de papeles, antes kafkiano que académico, he optado por presentar ésta como si fuera una carta abierta. De modo que acá intentaré resumir lo que hice durante otro arduo año de trabajo dando clases.

Para empezar, les mostré a mis estudiantes que las destrezas en la expresión escrita son parte insoslayable del proceso de cualquier investigación, y que para escribir textos expositivos académicos, tanto sea una monografía como una tesis ó una comunicación a un congreso, hacen falta estrategias de escritura que van más allá de formalidades como un abstract u otros paratextos. También les enseñé que leer a escritores como Gabriel García Márquez, Robert Louis Stevenson o Jorge Luis Borges, y a periodistas como Ryszard Kapuscinski, Roberto Arlt o Rodolfo Walsh podía ayudarlos a mejor su redacción, a la vez que también revelarles un inesperado mundo de delicias escritas. Les recalqué que para desarrollar las habilidades comunicativas necesarias para relacionarse y actuar en el mundo hace falta invertir más tiempo en leer libros y menos en revisar redes sociales virtuales, y que ser un ciudadano letrado no se consigue de  un día para el otro.

Sólo falté a dos clases, y eso porque no había transporte público, lo que equivale a decir que cuando no pude dar clases fue por razones ajenas a mi voluntad. Concurrí a trabajar incluso en ocasiones en que mis dolores de espalda y de hombro izquierdo me recordaron que mis responsabilidades laborales no podían estar por encima de mi salud y que estaba haciendo sacrificios desmedidos.

Tomé todas las mesas de exámenes a las que fui convocado. Intenté responder todos los correos electrónicos que me enviaron mis estudiantes con sus consultas. Si de alguno me olvidé, no lo hice intencionalmente, sino por algún circunstancial descuido. Me tomé todo el tiempo necesario para que todos/as mis alumnos/as tuvieran una corrección personalizada de sus trabajos escritos. En más de una ocasión salí de la universidad mucho después de mi horario regular de clases porque me quedé atendiendo consultas de mis estudiantes. En algunos casos, ayudé a algunos de ellos a definir sus temas de tesis de graduación, aunque no estuviera obligado a hacerlo.

Actualicé la bibliografía de mis asignaturas lo más que pude. Para ello, busqué nuevos libros, artículos y documentos vinculados con los contenidos temáticos que enseño. No pude comprar todos los libros que genuinamente me hubiese gustado comprar por no disponer del dinero suficiente. Las sucesivas devaluaciones de la moneda en que me abonaron mis salarios fueron recortando mis posibilidades de comprar bibliografía.

Y como si estas condiciones de trabajo fueran paradisíacas, también padecí alguno de esos repentinos ataques de desconfianza que suelen embargar a casi todos los funcionarios de turno, siempre dispuestos a mirarnos a los profesores como los responsables de algún desfalco al Estado mayor que el que algunos banqueros vienen practicando sistemáticamente con la timba financiera. Desconfianza que suele manifestarse a través de esas súbitas “encuestas de calidad educativa” (según las denominan) que pretenden averiguar si el objetivo número veinticinco de la intrincada planificación de cátedra que nos obligaron a escribir se cumplió realmente en la última semana de agosto o en la primera de septiembre, ó si nuestras clases fueron divertidas, porque ahora resulta que también tenemos la obligación académica de competir con las redes sociales por la atención de nuestros estudiantes.

Para lo último de esta memoria dejé el suceso que me provocó el más hondo dolor durante este año académico: la pérdida de mi padre. Espero se entienda que no tenga palabras para referirme a ella acá. Pero como al fin y al cabo ésta es una memoria de cátedra, y considerando que al momento en que la escribo trabajo para dos universidades, diré que las autoridades de una de ellas me enviaron una nota de condolencias por correo electrónico, mientras que las de la otra ni siquiera me llamaron por teléfono.

Y sin embargo, las lágrimas que se me cayeron (algunas mientras daba clases) no me impidieron seguir dándoles a mis alumnos y alumnas lo mejor de mí como su profesor. En mis clases siempre se hizo un culto de la solidaridad, el respeto, la honestidad y el diálogo, valores que los profesores también tenemos que difundir entre nuestros estudiantes, aunque las mencionadas encuestas de calidad educativa no pregunten por ellos.

No quiero ser malinterpretado. Si escribo esto es porque alguna vez éstas cosas tienen que decirse públicamente, y porque, con todo respeto, no tengo ningún interés en ser considerado un apóstol encargado de tarea redentora alguna, como muchas veces nos ven a los profesores esos funcionarios académicos bien rentados y esos sindicalistas cómplices que acostumbran llenarse la boca con hueras alusiones a Paulo Freire. Que al fin y al cabo, lo que uno reclama no son fajos de dólares para vacacionar en alguna isla exótica, sino simplemente un poco de comprensión y respeto.

 

*Ariel Vittor es licenciado en Comunicación social, investigador y docente universitario. Es autor del libro "Sobre la historia de la comunicación", de Editorial Fundación La Hendija.

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Memoria de cátedra, en formato de carta abierta
“Si escribo esto es porque alguna vez éstas cosas tienen que decirse públicamente, y porque, con todo respeto, no tengo ningún interés en ser considerado un apóstol encargado de tarea redentora alguna”, dice Ariel Vittor, al hacer un repaso del año al frente de una cátedra universitaria.

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